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lunes, 22 de septiembre de 2008

Tormenta en la noche



Anoche, de madrugada, los cielos se abrieron.

Ensordecedores truenos, acallados en parte por el fortísimo ruido de la tromba de agua que lo inundó todo, aunque apenas duró 15 minutos.

Rayos sin principio ni fin, verdaderas serpentinas de luz que iluminaban aún más, los ya de por si resplandecientes relámpagos allá en el cielo…

Me asomé a la ventana y me sumí en un escalofrío, no sé bien si de gusto o, de miedo...

Era tal la fuerza de la naturaleza que dominaba el momento, que impresionaba y aterraba a la vez…

Y volví a la cama transportada en el tiempo, volviendo a mi niñez…Recordando aquellas tormentas de sierra en Arenas de San Pedro, que tanto me gustaban cuando era niña…

El modo en que las nubes descendían poco a poco por entre los pinares formando un fantasmagórico paisaje lleno de belleza; la violencia de los relámpagos y truenos por encima de la montaña…


El olor a lluvia, a pinos mojados, las espectrales luces en el cielo…

Recordé a mi madre pidiéndome que me metiera en casa, no me fuese a alcanzar un rayo…, y a mi abuela rezando:

Santa Bárbara Bendita,
Que en el cielo estás escrita…

Y santiguándose convulsivamente a cada trueno que se dejaba oir, con cada relámpago…

Por un rato mis 5 sentidos viajaron en el tiempo, y puedo aseguraros que fui feliz con mis recuerdos.


miércoles, 18 de junio de 2008

Campo de Amapolas

Foto cedida por Carlos Velayos

¿Quién no ha sentido la necesidad de correr, saltar, cantar y gritar o extender sus brazos para abrazar al viento y dejarse acariciar por sus invisibles dedos delante de un hermoso campo como este?
Recordáis a Julie Andrews en” Sonrisas y Lágrimas?

“Volaba”, literalmente hablando, con sus brazos abiertos, por las laderas de las montañas dejándose llevar por el viento … y cantaba feliz disfrutando de la magia de aquel bello paisaje.



Carlos, por eso te pedí tus fotos.
Cuando las vi, lo primero que se me pasó por la mente fue “trotar” como ella por esos parajes tan llenos de color, libre, salvaje, y cantar y gritar… como hacía cuando era pequeña entre las amapolas de los campos de mis tierras castellanas.

Gracias por haberme hecho sentir, aunque haya sido sólo una visión en mi mente, niña de nuevo.

viernes, 14 de marzo de 2008

El árbol que tenía sentimientos.

Sentía como corrían, saltaban, chillaban… porque los árboles no ven ni oyen, pero en su mente de árbol nadie podía evitar que se formasen toda clase de imágenes en las que él participaba de los juegos del grupo de chiquillos, que se divertían cada tarde bajo su sombra. Compartía travesuras, risas, peleas, abrazos y hasta algún que otro llanto.





Como árbol que era, carecía de sentidos, pero sus sentimientos estaban tan desarrollados que la carencia de los primeros se suplía con la abundancia de los segundos y, sin que ninguno de los niños lo percibiera, acercaba una rama a la mano del más pequeño, demasiado bajito para llegar a asirse a ella de otro modo; o volcaba su fuerza en la que, en aquel momento soportaba el peso del mayor, para evitar que se rompiera y el niño cayera al vacío.





A la hora de saltar, discretamente acercaba sus ramas al suelo para hacer más corta la distancia y minimizar de este modo el riesgo de que los pequeños pudieran hacerse daño.


Pero su momento preferido llegaba, cuando el agotamiento invadía el grupo aún sin haber sido invitado y, ya cansados, se sentaban sobre sus raíces, y comenzaban a acurrucarse y buscar una postura cómoda entre estas y su tronco; entonces él, los abrazaba con tanta suavidad, con tanto mimo y cariño como lo haría una madre con cualquiera de ellos en su regazo…
Esta imagen de ternura detenía el tiempo y deseaba que no acabara nunca…

La tarde pasaba , y los niños marchaban; entonces hay quien dice que se le oía susurrar: volved mañana que por unas horas me hicisteis sentir casi humano…

Siempre pensé que los árboles tienen sentimientos.

Fotos tomadas del portfolio de Rarindra Prakarsa en Photo. Net.



martes, 19 de febrero de 2008

El Celindo



Esto es parte de un relato más extenso sobre mi infancia y la fascinación que ejercía sobre mí, la casa de mis abuelos...

Sirva este trocito que aquí os dejo, de tributo a aquellos años; y a aquellas personas que tanto me quisieron.


"...Muy dentro, al fondo del patio, mi rincón preferido.
Un pequeño muro circular rodeaba “mi árbol”. Un celindo, cargado de bellas florerillas blancas y corazón amarillo, que nos regalaban su suave perfume, durante días y días. Recuerdo pequeños pétalos de delicada seda que asomaban humildemente a través de un espeso manto de recias hojas verde oscuro. ¡Maravilloso contraste de colores y texturas! ¿Cuántas horas habré compartido con él? Sentada en el suelo, o apoyada en el murillo pasaba mi tiempo, leyendo, pintando, escribiendo, o simplemente pensando… totalmente embriagada por el dulce perfume que despedían las flores e hipnotizada por el monótono sonido del agua que manaba del grifo del pilón”...

lunes, 18 de febrero de 2008

"Mi vaquerillo". Retazo de niñez.


No sé la edad que yo tendría por aquel entonces, 9 o 10 años quizás; tampoco recuerdo dónde leí por primera vez esta maravillosa historia de Gabriel y Galán, pero que aún me sigue emocionando…eso sí es cierto.

En el pasado, con este bonito y tierno relato en verso, descubrí que la poesía tiene voz y se deja oír.

La leía y releía una y otra vez e incluso recuerdo haber llevado a cabo torpes intentos de ilustrar con dibujos partes del poema...

Hoy sólo guardaba su recuerdo, que como veis me acompañó toda la vida, y algunos versos que aún se escondían en el fondo de mi memoria.

Os lo dejo para que juzguéis por vosotros mismos , creo que no necesita más comentarios:








He dormido esta noche en el monte

con el niño que cuida mis vacas.

En el valle tendió para ambos

el rapaz su raquítica manta

¡y se quiso quitar-¡pobrecito!

-su blusilla y hacerme almohada!


Una noche solemne de junio,

una noche de junio muy clara...

Los valles dormían,

los búhos cantaban,

sonaba un cencerro,

rumiaban las vacas...

y una luna de luz amorosa,

presidiendo la atmósfera diáfana,

inundaba los cielos tranquilos

de dulzuras sedantes y cálidas.ç


¡Qué noches, qué noches!

¡Qué horas, qué auras!

¡Para hacerse de acero los cuerpos!

¡Para hacerse de oro las almas!


Pero el niño ¡qué solo vivía!

¡Me daba una lástima

recordar que en los campos desiertos

tan solo pasaba

las noches de junio

rutilantes, medrosas, calladas,

y las húmedas noches de octubre,

cuando el aire menea las ramas,

y las noches del turbio febrero,

tan negras, tan bravas,

con lobos y cárabos,

con vientos y aguas!...


¡Recordar que dormido pudieran

pisarlo las vacas,

morderle en los labios

horrendas tarántulas,

matarlo los lobos,

comerlo las águilas!...


¡Vaquerito mío!

¡Cuán amargo era el pan que te daba!


Yo tenía un hijito pequeño

-hijo de mi alma,

que jamás te dejé si tu madre

sobre ti no tendía sus alas!

-y si un hombre duro

le vendiera las cosas tan caras!...


Pero ¿qué van a hablar mis amores,

si el niñito que cuida mis vacas

también tiene padres

con tiernas entrañas?


He pasado con él esta noche,

y en las horas de más honda calma

me habló la conciencia

muy duras palabras...

Y le dije que sí, que era horrible...,

que llorándolo el alma ya estaba.


El niño dormía

cara al cielo con plácida calma;

la luz de la luna

puro beso de madre le daba,

y el beso del padre

se lo puso mi boca en su cara.


Y le dije con voz de cariño

cuando vi clarear la mañana:

-¡Despierta, mi mozo,

que ya viene el alba

y hay que hacer una lumbre muy grande

y un almuerzo muy rico... ¡Levanta!


Tú te quedas luego

guardando las vacas,

y a la noche te vas y las dejas...

¡San Antonio bendito las guarda!...


Y a tu madre a la noche le dices

que vaya a mi casa,

porque ya eres grande

y te quiero aumentar la soldada...