
Después de la función de la tarde, el mago había olvidado su sombrero en el escenario.
El niño lo había visto y, esperando a que el público abandonara el lugar, mirando a un lado y a otro por si alguien aparte de él también lo había notado, se acercó y lo tomó prestado escondiéndose tras las cortinas, en donde nadie pudiera verlo.
Lo giró en todos los sentidos; miró en su negro interior y se preparó para intentar hacerlo funcionar.
Ahora comprobaría si en realidad aquel sombrero era mágico…
El nerviosismo le hacía temblar como el que tiembla de frío, pero con gotitas de un sudor cálido resbalando lentamente por su frente.
En su mente aparecían lindos conejos blancos y pañuelos de colores, como había visto que sucedía cuando el mago introducía su mano, pero dudaba…
Finalmente la curiosidad pudo con su miedo y extendió sus dedos palpando aquel hueco, del que deberían saltar sorpresas si realmente existía la magia.
Pero no encontró nada. Sólo un fieltro ya raído por los años de uso.
Decepcionado dejó el sombrero en donde lo había encontrado y se dirigió a la puerta de salida caminando lentamente entre las butacas ahora vacías. En aquel momento, el mago, volvió a aparecer en el escenario. Tomó su sombrero, y mirando con una sonrisa al pequeño, introdujo su mano y extrajo con delicadeza una paloma blanca de la negra abertura.
Acariciando el plumaje del ave, le dio impulso y la lanzó al vuelo por encima de la ahora silenciosa y oscura sala.
Su silueta se dibujaba en el aire; su vuelo era real y, había salido de la vieja chistera.
El niño miraba desde el patio de butacas con los ojos tan abiertos como su boca…
No podía creerlo. Él mismo había comprobado que allí dentro no había nada.
Desde ese día aquel chiquillo, comenzó a creer en la magia de CREER.
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Nunca os dejo relatos. Hoy me atreví.