Una tarde lluviosa, no fría, pero sí desapacible, quedé con mi amiga M. para tomar un café y ponernos al día con nuestras cosas. Nos vemos poco, y eso hace que cuando nos encontramos aprovechemos a hablar, compartir, reír… ¿Dije reír?
Pensé que aquella tarde no apetecía un refresco ya que bastante “fresco” estaba el ambiente y le propuse un té con leche fría (no me gusta de otra forma) a lo que M. se apuntó.
Una camarera, “monísima de la muerte” anotó solícita en su libreta lo que habíamos pedido y se alejó para prepararlo. A los 5 minutos apareció tan “monísima de la muerte” como antes, sujetando una gran bandeja con dos COPAS DE HELADO tamaño XL llenas de leche fría y dos tristes sobres de té, ahogándose en el blanco líquido. Pese a lo cómico de la situación, logramos contener la risa (mientras la camarera estaba delante, que cuando se retiró nos partíamos)Entonces M. con mucha más paciencia que yo le explicó que tenía que hacer un té normal, con agua, y después añadirle la leche fría y que si podía utilizar un vaso más pequeño, quedaría mejor.
La chica volvió a retirarse unos minutos y nosotras entre risitas disimuladas volvimos a nuestra charla. A los pocos minutos la bandeja volvió a aparecer, esta vez con DOS COPAS DE HELADO más pequeñas, llenas de AGUA FRÍA y eso sí, los dos sobrecitos de té de nuevo colgando. Y la leche volvía en una de las grandes copas de helados del viaje anterior. De nada sirvieron los esfuerzos de M. por sacarle al sobre algo de “sustancia” apretando con la cuchara…
He de admitir que nuestra charla pasó a segundo plano. Lo imprescindible ahora era mostrarle a la chica, que para entonces seguía “monísima de la muerte”, como hacer un TE CON LECHE FRÍA.
M. se levantó con una tranquilidad envidiable, ella es así, se acercó a la barra, rescató del naufragio los dos sobres de té, tiró la mitad del contenido de agua de las copas DE HELADO, y le pidió a la chica que calentara el agua. Ella nos miraba con cara de pensar que estábamos locas, pero no se inmutaba. Seguía tan “monísima de la muerte” como al principio. Ya con el agua caliente (más bien templada, pero no nos atrevimos a decirle que la calentara más), volvimos a “re-re-mojar” por tercera vez los dos maltrechos sobres de té, y le añadimos “la nube” de leche fría.
Ni qué decir tiene que no fue el mejor TÉ del mundo, pero os aseguro que SÍ resultó el más divertido.